Hace 25 años Lacan nos libraba de su existencia
Las conmemoraciones en los aniversarios de una muerte deberían ser graves y ensalzar la memoria del fallecido. Es como si por morir uno sacase patente de bueno o probo. Pues este no es el caso. Hace 25 años moría Lacan, un psicoanalista impostor seguido por charlatanes de feria de todo el mundo (pero con furor en la Argentina), interesados en comprar discursos oscuros y venderlos por profundos. Lacan, dueño de significantes sin significado escribió una vez:
Así, calculando esa significación según el álgebra que utilizamos, a saber: S (significante) sobre s (significado) = S (el enunciado). Con S=1, tenemos s = Raíz Cuadrada de menos 1. Es así como el órgano eréctil viene a simbolizar el lugar del goce. No en cuanto él mismo, ni siquiera en cuanto a imagen, sino en cuanto parte faltante de la imagen deseada: por eso es igualable a Raíz Cuadrada de menos 1.
Y aunque parezca increíble, hubo muchos que leyeron la cita más de dos veces y no les dio vergüenza ajena.
Textoclips
A la orilla de la escarcha de montaña estaba uno de esos chicos que nunca fue a la escuela. En patas, con los pantaloncitos deshilachados hasta las rodillas se había sentado y acariciaba a su perro. Con un pañuelito encontrado al costado de la ruta se tapaba la nariz al estilo de las damas antiguas de la peli y miraba hacia el lado de las montañas. El sol contrastaba la piel dorada de la cara contra las finas líneas oscuras de sus labios. El perro estaba muerto y el nene acariciaba el cuero que todavía quedaba entre las costillas.
Julián nunca había podido ganarle en nada a Marcelo. Ni a las bolitas, ni a las figuritas, ni a la casita robada, al chinchón, al truco o al poker; tampoco en la escuela ni con las minas. Un día, Marcelo estaba cavando un pozo hondo para el agua. Julián se acercó y sin decir palabra sacó del bolsillo un paquete de tristeza y empezó a derramarlo en el piso. Cuando terminó sonrió con orgullo por primera vez.
En Mendoza grupos católicos intimidaron a los médicos que realizaron un aborto y a los jueces que los autorizaron; también amenazaron con poner una bomba en el hospital. Dicen que lo hicieron para proteger la vida.
Bruno y los militares
Una noche, Eustaquio me contó por qué Bruno Maciel odia a los militares. Los 9 de julio, día de la Patria, Bruno iba a buscar chicas al desfile. Durante toda la noche escribía poesía y canciones para ayudar a las probabilidades y a la mañana se ponía el saco nuevo y salía.
Aquel 9 de julio el desfile militar se hizo interminable, los soldados pasaban y pasaban metiendo tanta bulla con las tanquetas, los clarines y los caballos que nunca tuvo la posibilidad de bien decir ni cantar nada. Para la tardecita las chicas se habían ido todas y tampoco pudo ligar; entonces improvisó una letra dedicada a los soldados y sus amigos, que eran los únicos que quedaban en el desfile. Pero se ve que la canción asustó a los caballos y la infantería se le vino encima. Bruno tuvo que tirar el saquito nuevo porque se lo despedazaron. Desde ese día, dice Eustaquio, él odia a los militares.
El duelo
La pradera se extendía verde y prolija desde los arcos de cemento hasta el pié de un bosque de cipreses, allá lejos, en la unión entre la tierra y el cielo. Unas primorosas callecitas de grava blanca dividían el terreno en trozos irregulares pero aproximadamente de la misma extensión. Cada parcela quedaba equitativamente custodiada por enhiestos álamos de sombra firme que lloraban hojas grises sobre un piso hilvanado por placas de cerámica rectangulares. Un séquito oscuro acompañaba la letanía de un carromato negro, tirado por dos caballos impecablemente blancos, y sobre él a un féretro de roble lustrado.
A medida que avanzaba siguiendo el camino sinuoso, la caravana, antes monolítica, quedó disgregada según los afectos. Aunque le correspondía el primer lugar, Marianella Martínez Ordóñez eligió resignarlo y quedarse en el segundo grupo. No es que apreciara particularmente la compañía de aquella gente, sino que los del primer montón le molestaban más allá del límite que la buena etiqueta podía soportar. Sabía, sin embargo, que hastiada o rodeada por una multitud, lo realmente importante era que ella se quedaba sola. Caminó pasos seguros y decididos con la brisa flotando sus cabellos detrás de los hombros, pero mantuvo las distancias. Desestimó las voces interiores y las caras cercanas que llenas de reproche le urgían ocupar su lugar, volver donde la estaban esperando sin saber que le pasaba.
Estuvo horas eligiendo el peinado, los adornos y la costosísima ropa de luto. Sonrió brevemente al imaginarlo diciéndole como vestirse, buscando por ella las mejores combinaciones y rompió en llantos cuando deseó que una vez más, sólo una, él volviera a exagerar caras de admiración y asombro ante el producto final. Lloró por cada detalle: por las escapadas al mar huyendo del tedio y la rutina; por las miradas furtivas, pícaras, en medio de reuniones importantes; por las risas y los llantos que compartieron durante los intensos años de vida juntos. Lloró por el futuro, por los anhelos en conjunto y por los proyectos individuales que ya no vendrían, por los hijos prometidos y por pensamientos que hace apenas una semana le habían provocado intenso placer. Sintió angustia, culpa, ira, pena, remordimientos. Por primera vez se sintió viuda.
Marianella se secó las lágrimas, puso la mejor sonrisa que pudo, no mucha, pero la suficiente para engañar a los que la rodeaban y salió a resolver los trámites del velorio y el entierro, portando la seguridad y el aplomo que la caracterizaban. Como siempre, se encargaría de los papeles de él; sin embargo, esos que aborrecía, los que ahora estaban en el primer pelotón junto al ataúd no se lo permitieron, le ganaron de mano. Aves de rapiña que se mantuvieron volando en círculos lejanos y ahora, justo y solo ahora, picaban en riña por los puestos más cercanos al banquete final. ¡Que tremenda avaricia! ¡Cuánto ardid!.
Al doblar por la última calle, detrás de los árboles surgió la figura de un hombre alto y cabellos canos. Al pasar junto a él, Marianella vio que tenía ojos profundos, facciones angulosas y que el traje pulcrísimo no lograba disimular del todo la musculatura trabajosamente formada. Enderezó la mirada volviéndola al sol que brillaba sobre el roble lustrado. Durante el último ritual, por no levantar sospechas, para no mostrarse débil ante esos, libró una larga y feroz batalla contra las lágrimas.
Poco a poco todos se fueron apartando y a medida que se marchaban, la idea de permanecer hasta la despedida final creció y se hizo realidad. Por fin solos, pensó. Rió y volvió a llorar desconsolada, a los gritos. De pronto, el perfume suave del hombre alto y bien formado anunció delicadamente su presencia. Marianella apartó sus ojos del hueco donde se había hundido el cajón pero no los alzó del suelo, se limitó a fijarlos en la sombra del extraño, quien con voz sutil aunque protectora le dijo:
—No llore Ud. señora, seguramente encontrará otro hombre aparte de su marido, un amante nuevo capaz de devolverle la felicidad perdida.
—Lo había encontrado —contesta ella, enjugándose los ojos —pero sus restos yacen en esta tumba.
Plutón ha muerto
Si de tu palabra me apodero llámame tu amante, y creeré que me he bautizado de nuevo, y que he perdido el nombre de Romeo.
William Shakespeare, Romeo y Julieta, Escena II
Plutón, el planeta plutón.
Platón (si lo hubiese sabido)
Científicamente, el problema carece de importancia, los objetos son cómo son. Pero no es lo mismo pedir fondos para buscar planetas que para buscar bolas de hielo.
Víctor R. Ruiz

Composición: AP Photo/NASA @ Discovery News
—El Universo no volverá a ser lo que fue, los cielos detendrán su andar y caerán sobre nuestras cabezas, las estrellas apagarán su brillo, nuevas pestes arrasarán las cosechas y el hambre clavará sus colmillos en los estómagos de la humanidad.
La cadencia castellana de los planetas ha fenecido, las cosas oscuras y la “mano del destino” quedarán sin guía, el terrorismo se desbocará igual que las dictaduras y la energía nuclear.
Con la pérdida de Plutón, o la adquisición de Ceres, Caronte y Xena –que viene a ser más o menos lo mismo–, la astrología ha muerto para siempre.
—No seas tonto, sólo ha sido una redefinición. Y no temas por la astrología, la estupidez humana no cambia porque cambie un nombre.
El duelo
La pradera se extendía verde y prolija desde los arcos de cemento hasta el pié de un bosque de cipreses, allá lejos, en la unión entre la tierra y el cielo. Unas primorosas callecitas de grava blanca dividían el terreno en trozos irregulares pero aproximadamente de la misma extensión. Cada parcela quedaba equitativamente custodiada por enhiestos álamos de sombra firme que lloraban hojas grises sobre un piso hilvanado por placas de cerámica rectangulares.
Un séquito oscuro acompañaba la letanía de un carromato negro, tirado por dos caballos impecablemente blancos, y sobre él a un féretro de roble lustrado. A medida que avanzaba siguiendo el camino sinuoso, la caravana, antes monolítica, quedó disgregada según los afectos. Aunque le correspondía el primer lugar, Marianella Martínez Ordóñez eligió resignarlo y quedarse en el segundo grupo. No es que apreciara particularmente la compañía de aquella gente, sino que los del primer montón le molestaban más allá del límite que la buena etiqueta podía soportar. Sabía, sin embargo, que hastiada o rodeada por una multitud, lo realmente importante era que ella se quedaba sola.
Caminó pasos seguros y decididos con la brisa flotando sus cabellos detrás de los hombros, pero mantuvo las distancias. Desestimó las voces interiores y las caras cercanas que llenas de reproche le urgían ocupar su lugar, volver donde la estaban esperando sin saber que le pasaba.
Estuvo horas eligiendo el peinado, los adornos y la costosísima ropa de luto. Sonrió brevemente al imaginarlo diciéndole como vestirse, buscando por ella las mejores combinaciones y rompió en llantos cuando deseó que una vez más, sólo una, él volviera a exagerar caras de admiración y asombro ante el producto final. Lloró por cada detalle: por las escapadas al mar huyendo del tedio y la rutina; por las miradas furtivas, pícaras, en medio de reuniones importantes; por las risas y los llantos que compartieron durante los intensos años de vida juntos. Lloró por el futuro, por los anhelos en conjunto y por los proyectos individuales que ya no vendrían, por los hijos prometidos y por pensamientos que hace apenas una semana le habían provocado intenso placer. Sintió angustia, culpa, ira, pena, remordimientos. Por primera vez se sintió viuda.
Marianella se secó las lágrimas, puso la mejor sonrisa que pudo, no mucha, pero la suficiente para engañar a los que la rodeaban y salió a resolver los trámites del velorio y el entierro, portando la seguridad y el aplomo que la caracterizaban. Como siempre, se encargaría de los papeles de él; sin embargo, esos que aborrecía, los que ahora estaban en el primer pelotón junto al ataúd no se lo permitieron, le ganaron de mano. Aves de rapiña que se mantuvieron volando en círculos lejanos y ahora, justo y solo ahora, picaban en riña por los puestos más cercanos al banquete final. ¡Que tremenda avaricia! ¡Cuánto ardid!.
Al doblar por la última calle, detrás de los árboles surgió la figura de un hombre alto y cabellos canos. Al pasar junto a él, Marianella vio que tenía ojos profundos, facciones angulosas y que el traje pulcrísimo no lograba disimular del todo la musculatura trabajosamente formada. Enderezó la mirada volviéndola al sol que brillaba sobre el roble lustrado.
Durante el último ritual, por no levantar sospechas, para no mostrarse débil ante esos, libró una larga y feroz batalla contra las lágrimas. Poco a poco todos se fueron apartando y a medida que se marchaban, la idea de permanecer hasta la despedida final creció y se hizo realidad. Por fin solos, pensó. Rió y volvió a llorar desconsolada, a los gritos. De pronto, el perfume suave del hombre alto y bien formado anunció delicadamente su presencia. Marianella apartó sus ojos del hueco donde se había hundido el cajón pero no los alzó del suelo, se limitó a fijarlos en la sombra del extraño, quien con voz sutil aunque protectora le dijo:
—No llore Ud. señora, seguramente encontrará otro hombre aparte de su marido, un amante nuevo capaz de devolverle la felicidad perdida.
—Lo había encontrado —contesta ella, enjugándose los ojos —pero sus restos yacen en esta tumba.
El círculo de Viena
Eustaquio contaba historias. Al caer la noche encendía dos velas hechas por él con cebo de vaca, se sentaba en una silla petisa de mimbre, se tiraba hacia atrás y casi en penumbras contaba historias.
Pasaba horas hablando. Si había alguien allí lo escuchaba, si no, él igual las contaba en soledad. Así fue como en sucesivas noches me enteré de la leyenda del pueblo dogon y su misteriosa astronomía, supe que el mar tenía otra orilla y que había hermosas tierras del otro lado del océano. Pero la anécdota que más recuerdo es la que le contó a él Pablo Medina sobre un círculo que hay o hubo en Viena.
El mundo está sumergido en ideas, decía separando las manos desde el mentón hacia afuera. Las ideas siempre emergen de a pares, una buena y otra mala, y se separan durante un tiempo que es tan pequeño que no existen relojes que puedan medirlo. A uno generalmente se le ocurren ideas neutras, es decir ideas que todavía no se separaron o que ya se volvieron a unir y pronto las olvida. Pero si tiene la suerte de que su cerebro ande justo por donde ocurre una división de ideas y le toca una buena, pues eso, se le habrá ocurrido una buena idea. La mala idea, compañera del par, vagará por el Universo hasta encontrar otro cerebro que la piense.
La noche que escuché la historia, Eustaquio hizo una pausa en este punto. No había ningún motivo, no quería imprimirle más tensión al relato ni removió las brasas como acostumbraba. Simplemente hizo una pausa.
Del otro lado del mar –continuó–, hay algo parecido a lo que acá los del pueblo llaman “ciudá”, pero ellos tienen nombres diferentes para llamarlas. Dicen que hay una “ciudá” que se llama Viena y en Viena hay una plaza y en el centro de la plaza un círculo. En ese círculo hay gente metida. Ellos no creen que nosotros existamos, explicaba en noches que el vino lubricaba sus palabras, porque dicen que lo único que existe es lo que se “oserva” y que de lo único que tiene sentido hablar es acerca de lo que se mide. A mi nunca me oservaron ni me midieron, así que no debo existir.
En una época los del círculo de Viena fueron muy famosos. Todo el mundo veía que del círculo surgían las buenas ideas, montones de ellas. El mismo Pablo Medina fue testigo de ese fulgor. La gente se paraba en las cercanías de la plaza sólo a pensar buenas ideas, porque era lo único que emergía desde el círculo. Sin embargo, hasta que se le ocurrió a Pablo, nadie había pensado que si tantas y tan buenas eran las ideas que emergían desde fuera del círculo de Viena debía ser porque hacia su interior solo se filtraban las malas ideas correspondientes. Era –cuenta Eustaquio que le decía Pablo– como si el círculo tuviese un imán para las malas ideas. Lo bueno, se consolaba, era que dejaban sueltas las buenas ideas del par y había gente que las detectaba y aprovechaba a pensarlas.
De Pablo no tuve más referencias que las de esa noche, pero de Eustaquio días atrás me enteré que había variado el tema de sus relatos. Ahora anda por la vida contando historias de radiación de agujeros negros y partículas subatómicas, elementos de tan insondable existencia como las ciudades de Viena y sus plazas con círculos.
El Gran Hermeneuta
Y con el ruido salado del mar a sus espaldas se dio cuenta, con horror, que estaba desapareciendo. Primero sus piernas se volvieron transparentes, luego su abdomen crecido y sus brazos. Para cuando desapareció el cerebro ya nadie advirtió el cambio.
Pero antes de extinguir su vida de arena, el Gran Hermeneuta comprendió que no fue más que un personaje que alguien había inventado una noche de silenciosa fiesta. Al igual que los hechos y el mundo, él tampoco existía fuera de la imaginación o los textos.
Después de aquella noche nadie lo ha vuelto a ver.
Descartes
La policía no descarta ninguna hipótesis en la muerte del vendedor ambulante encontrado esta madrugada en las solitarias calles del suburbio de la ciudad.
Es cierto que aquello que los periodistas y teóricos de la comunicación llaman “hipótesis” rara vez pasa de la conjetura y que en la mayoría de los casos, incluso, no va más allá de los límites de la mera opinión. Pero aun así, admitido el particular uso que del léxico hacen los comunicadores sociales, la frase me parece exagerada. ¿No podría el comisario inspector descartar, por ejemplo, la hipótesis del flogisto, la teoría del Big Bang o la ecuación de Schrödinger en este desgraciado y puntual suceso? Y es que no todos los sucesos están vinculados entre sí de la misma manera, ni todas las cosas interactúan con la misma intensidad. Seguramente el comisario inspector cometería un pequeño error al descartar hipótesis, pero tambien es seguro que no podrá conocer la verdad con tantas ideas en la cabeza.
La conjetura de que el mundo es un holograma en el que cada punto contiene todos los puntos del espacio es una idea poderosa y atractiva, pero a pesar de su belleza es falsa. Bueno o excitante sería que cada lugar del universo fuese como el Aleph que Carlos Argentino Daneri encontró en el sótano de su antigua y venerada casa de la calle Garay. Según cuenta Borges, en ese sótano hay un punto, un Aleph, que contiene sin que se confundan, todos los lugares de la Tierra, las luminarias, los relojes y la cadencia de sus marchas, vistos desde todos los ángulos posibles (hoy sabemos que sin el tiempo el espacio y las cosas son nada). Bueno sería que al comprender un suceso insustancial, simple y absolutamente marginal pudiésemos hacernos del conocimiento de la totalidad de los hechos del Cosmos, los pasados, los presentes y sus nexos; y que a partir de esa comprensión nos fuera posible predecir cada evento futuro, comprender la realidad total. Bueno y enloquecedor sería. Pero a pesar de contener locura y fantasía, soledades y muerte, la realidad no es (tan) fantástica.
Pequeños mundos se forman dentro del mundo global; por una razón u otra, porque la intensidad de los enlaces depende de la distancia o porque los individuos no pueden atender tantos vínculos con igual dedicación al mismo tiempo, pequeñas comunidades se forman de la misma manera que surge hielo del agua fría. Pero la fragmentación no sólo ocurre en el espacio y el tiempo, también sucede en la esencia de las cosas. La realidad, lo digamos ya, está fragmentada en niveles y es esta la razón por la cual algunos recortes conceptuales tienen valor. Recortar, si uno sabe por donde hacerlo, no siempre implica una pérdida. Mucho menos una pérdida irreparable. Así entendemos y es posible progresar en el conocimiento, aunque más no sea disminuyendo el error. Ni a partir de un evento insignificante podremos nunca arrancarle todos los secretos al cosmos, ni hace falta tener en cuenta todo el cosmos para saber como funciona una parte del mundo.
Déjà vu
En la ciudad de La Plata, a dos cuadras del Museo de Ciencias Naturales existe un bosque de ginkgos. En ese bosque hay un árbol que no es especial por su tamaño ni su forma, sino por las historias que desencadenará. A fines de octubre desde su rama más alta y nueva caerá una semilla que el viento arrastrará hasta las puertas del Museo. Allí crecerá otro árbol del que caerá una hoja.
Dentro de 150 años una mujer caminará por La Plata en busca del mismo museo bajo la misma arboleda, flexionará las rodillas hacia un lado y en cuclillas pero erguida recogerá una hoja dorada de ginkgo biloba, la mejor que vea entre miles. En su falsa impresión de presente único creerá que el gesto es original, que nadie ha elegido antes como símbolo esa hoja. Nunca sabrá que su maniobra es el eco de los movimientos de otra mujer, una capaz de realizar actos tan intensos que no caben en el tiempo que les toca ocurrir y dejan reverberaciones eternas en los bosques de la ciudad.