La confusión entrópica
…es triste ver que las ideas explicadas por Boltzmann con tanta elegancia, un siglo después todavía deban re-explicarse una y otra vez.
J. Bricmont, ¿Ciencia del caos o caos en la ciencia?
La divulgación científica es una tarea tan ardua como meritoria. Al no tratarse de comunicación interna entre científicos ni atender temas de los días comunes, le toca el difícil trabajo de construir un puente entre dos mundos. Sobre ese angosto pasadizo los divulgadores intentarán transportar pesados e inusuales conceptos sin que se aboyen demasiado ni que el puente se rompa. Reducirán su peso, los lustrarán y tratarán de hacerlos lucir parecidos a esos otros conceptos con los que tratamos a diario. Las ideas que llegan desde la ciudadela al otro lado del puente lo harán indefectiblemente distintas a como partieron.
Y no es que no se avise porque los buenos divulgadores de las ciencias avisan, a cada rato lo hacen. Pero muchas veces teóricos de la comunicación, filósofos y críticos literarios devenidos en filósofos, que deberían tomarse el trabajo de cruzar el río para aprender de los conceptos en su propia red semántica en la lengua natural de la ciudadela allende el profundo río, prefieren en cambio desoír advertencias y comprar el producto divulgado para inventar metáforas, porque les gusta inventar metáforas con palabras que suenan lindas y respetables.
Don Carlos
Las calles de mi pueblo por entonces eran de arena pero en primavera eran de arena y viento. Recuerdo que el lechero no voceaba su mercadería pero el golpeteo de los tarros lo anunciaba de lejos. Don Carlos se llamaba el lechero y era de General Lavalle, un pueblo rural antiquísimo a unos setenta kilómetros de casa.
El carro tirado por un solo caballo siempre me hizo gracia. Era largo y tenía ruedas neumáticas (por entonces, con cuatro años de edad, no entendía que en la arena las únicas ruedas posibles eran las neumáticas).
De Don Carlos sólo recuerdo sus ojos celestes pero sobre todo la forma que tenía de pararse a charlar; aunque no era yo el único al que le llamaba la antención, porque también me acuerdo que en su ausencia se hacían comentarios. Adelantaba una pierna y quebraba la cintura, a continución apoyaba la palma de la mano sobre la pierna que había adelantado y así, con el torso tirado hacia adelante, hablaba con la gente grande.
Sin embargo, recuerdo mejor los sonidos que las imágenes. Recuerdo el golpe de los tachos, el chirrido del eje del carretón, el ruido de la cadena que ataba la tapa del tarro de servicio, el sonido de la leche al llenar el vaso de zinc de medio litro de capacidad antes de pasarla a la cacerola de la doña.
Sí, aparte de ojos celestes y paradas extrañas una imagen blanca y negra recuerdo: la leche espumosa saliendo fresca de la caverna oscura del tarro.