Don Carlos
Las calles de mi pueblo por entonces eran de arena pero en primavera eran de arena y viento. Recuerdo que el lechero no voceaba su mercadería pero el golpeteo de los tarros lo anunciaba de lejos. Don Carlos se llamaba el lechero y era de General Lavalle, un pueblo rural antiquísimo a unos setenta kilómetros de casa.
El carro tirado por un solo caballo siempre me hizo gracia. Era largo y tenía ruedas neumáticas (por entonces, con cuatro años de edad, no entendía que en la arena las únicas ruedas posibles eran las neumáticas).
De Don Carlos sólo recuerdo sus ojos celestes pero sobre todo la forma que tenía de pararse a charlar; aunque no era yo el único al que le llamaba la antención, porque también me acuerdo que en su ausencia se hacían comentarios. Adelantaba una pierna y quebraba la cintura, a continución apoyaba la palma de la mano sobre la pierna que había adelantado y así, con el torso tirado hacia adelante, hablaba con la gente grande.
Sin embargo, recuerdo mejor los sonidos que las imágenes. Recuerdo el golpe de los tachos, el chirrido del eje del carretón, el ruido de la cadena que ataba la tapa del tarro de servicio, el sonido de la leche al llenar el vaso de zinc de medio litro de capacidad antes de pasarla a la cacerola de la doña.
Sí, aparte de ojos celestes y paradas extrañas una imagen blanca y negra recuerdo: la leche espumosa saliendo fresca de la caverna oscura del tarro.
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