Bloxito

Una mala copia de la realidad.

Plutón ha muerto

Si de tu palabra me apodero llámame tu amante, y creeré que me he bautizado de nuevo, y que he perdido el nombre de Romeo.
William Shakespeare, Romeo y Julieta, Escena II

Plutón, el planeta plutón.
Platón (si lo hubiese sabido)

Científicamente, el problema carece de importancia, los objetos son cómo son. Pero no es lo mismo pedir fondos para buscar planetas que para buscar bolas de hielo.
Víctor R. Ruiz

Composición: AP Photo/NASA @ Discovery News

—El Universo no volverá a ser lo que fue, los cielos detendrán su andar y caerán sobre nuestras cabezas, las estrellas apagarán su brillo, nuevas pestes arrasarán las cosechas y el hambre clavará sus colmillos en los estómagos de la humanidad.

La cadencia castellana de los planetas ha fenecido, las cosas oscuras y la “mano del destino” quedarán sin guía, el terrorismo se desbocará igual que las dictaduras y la energía nuclear.

Con la pérdida de Plutón, o la adquisición de Ceres, Caronte y Xena –que viene a ser más o menos lo mismo–, la astrología ha muerto para siempre.

—No seas tonto, sólo ha sido una redefinición. Y no temas por la astrología, la estupidez humana no cambia porque cambie un nombre.

Agosto 26, 2006 Publicado por malambo | Astronomía, Ciencia | | Aún no hay comentarios

El duelo

La pradera se extendía verde y prolija desde los arcos de cemento hasta el pié de un bosque de cipreses, allá lejos, en la unión entre la tierra y el cielo. Unas primorosas callecitas de grava blanca dividían el terreno en trozos irregulares pero aproximadamente de la misma extensión. Cada parcela quedaba equitativamente custodiada por enhiestos álamos de sombra firme que lloraban hojas grises sobre un piso hilvanado por placas de cerámica rectangulares.

Un séquito oscuro acompañaba la letanía de un carromato negro, tirado por dos caballos impecablemente blancos, y sobre él a un féretro de roble lustrado. A medida que avanzaba siguiendo el camino sinuoso, la caravana, antes monolítica, quedó disgregada según los afectos. Aunque le correspondía el primer lugar, Marianella Martínez Ordóñez eligió resignarlo y quedarse en el segundo grupo. No es que apreciara particularmente la compañía de aquella gente, sino que los del primer montón le molestaban más allá del límite que la buena etiqueta podía soportar. Sabía, sin embargo, que hastiada o rodeada por una multitud, lo realmente importante era que ella se quedaba sola.

Caminó pasos seguros y decididos con la brisa flotando sus cabellos detrás de los hombros, pero mantuvo las distancias. Desestimó las voces interiores y las caras cercanas que llenas de reproche le urgían ocupar su lugar, volver donde la estaban esperando sin saber que le pasaba.

Estuvo horas eligiendo el peinado, los adornos y la costosísima ropa de luto. Sonrió brevemente al imaginarlo diciéndole como vestirse, buscando por ella las mejores combinaciones y rompió en llantos cuando deseó que una vez más, sólo una, él volviera a exagerar caras de admiración y asombro ante el producto final. Lloró por cada detalle: por las escapadas al mar huyendo del tedio y la rutina; por las miradas furtivas, pícaras, en medio de reuniones importantes; por las risas y los llantos que compartieron durante los intensos años de vida juntos. Lloró por el futuro, por los anhelos en conjunto y por los proyectos individuales que ya no vendrían, por los hijos prometidos y por pensamientos que hace apenas una semana le habían provocado intenso placer. Sintió angustia, culpa, ira, pena, remordimientos. Por primera vez se sintió viuda.

Marianella se secó las lágrimas, puso la mejor sonrisa que pudo, no mucha, pero la suficiente para engañar a los que la rodeaban y salió a resolver los trámites del velorio y el entierro, portando la seguridad y el aplomo que la caracterizaban. Como siempre, se encargaría de los papeles de él; sin embargo, esos que aborrecía, los que ahora estaban en el primer pelotón junto al ataúd no se lo permitieron, le ganaron de mano. Aves de rapiña que se mantuvieron volando en círculos lejanos y ahora, justo y solo ahora, picaban en riña por los puestos más cercanos al banquete final. ¡Que tremenda avaricia! ¡Cuánto ardid!.

Al doblar por la última calle, detrás de los árboles surgió la figura de un hombre alto y cabellos canos. Al pasar junto a él, Marianella vio que tenía ojos profundos, facciones angulosas y que el traje pulcrísimo no lograba disimular del todo la musculatura trabajosamente formada. Enderezó la mirada volviéndola al sol que brillaba sobre el roble lustrado.

Durante el último ritual, por no levantar sospechas, para no mostrarse débil ante esos, libró una larga y feroz batalla contra las lágrimas. Poco a poco todos se fueron apartando y a medida que se marchaban, la idea de permanecer hasta la despedida final creció y se hizo realidad. Por fin solos, pensó. Rió y volvió a llorar desconsolada, a los gritos. De pronto, el perfume suave del hombre alto y bien formado anunció delicadamente su presencia. Marianella apartó sus ojos del hueco donde se había hundido el cajón pero no los alzó del suelo, se limitó a fijarlos en la sombra del extraño, quien con voz sutil aunque protectora le dijo:

—No llore Ud. señora, seguramente encontrará otro hombre aparte de su marido, un amante nuevo capaz de devolverle la felicidad perdida.

—Lo había encontrado —contesta ella, enjugándose los ojos —pero sus restos yacen en esta tumba.

Agosto 26, 2006 Publicado por malambo | Literatura, No leer | | Aún no hay comentarios

El círculo de Viena

Eustaquio contaba historias. Al caer la noche encendía dos velas hechas por él con cebo de vaca, se sentaba en una silla petisa de mimbre, se tiraba hacia atrás y casi en penumbras contaba historias.

Pasaba horas hablando. Si había alguien allí lo escuchaba, si no, él igual las contaba en soledad. Así fue como en sucesivas noches me enteré de la leyenda del pueblo dogon y su misteriosa astronomía, supe que el mar tenía otra orilla y que había hermosas tierras del otro lado del océano. Pero la anécdota que más recuerdo es la que le contó a él Pablo Medina sobre un círculo que hay o hubo en Viena.

El mundo está sumergido en ideas, decía separando las manos desde el mentón hacia afuera. Las ideas siempre emergen de a pares, una buena y otra mala, y se separan durante un tiempo que es tan pequeño que no existen relojes que puedan medirlo. A uno generalmente se le ocurren ideas neutras, es decir ideas que todavía no se separaron o que ya se volvieron a unir y pronto las olvida. Pero si tiene la suerte de que su cerebro ande justo por donde ocurre una división de ideas y le toca una buena, pues eso, se le habrá ocurrido una buena idea. La mala idea, compañera del par, vagará por el Universo hasta encontrar otro cerebro que la piense.

La noche que escuché la historia, Eustaquio hizo una pausa en este punto. No había ningún motivo, no quería imprimirle más tensión al relato ni removió las brasas como acostumbraba. Simplemente hizo una pausa.

Del otro lado del mar –continuó–, hay algo parecido a lo que acá los del pueblo llaman “ciudá”, pero ellos tienen nombres diferentes para llamarlas. Dicen que hay una “ciudá” que se llama Viena y en Viena hay una plaza y en el centro de la plaza un círculo. En ese círculo hay gente metida. Ellos no creen que nosotros existamos, explicaba en noches que el vino lubricaba sus palabras, porque dicen que lo único que existe es lo que se “oserva” y que de lo único que tiene sentido hablar es acerca de lo que se mide. A mi nunca me oservaron ni me midieron, así que no debo existir.

En una época los del círculo de Viena fueron muy famosos. Todo el mundo veía que del círculo surgían las buenas ideas, montones de ellas. El mismo Pablo Medina fue testigo de ese fulgor. La gente se paraba en las cercanías de la plaza sólo a pensar buenas ideas, porque era lo único que emergía desde el círculo. Sin embargo, hasta que se le ocurrió a Pablo, nadie había pensado que si tantas y tan buenas eran las ideas que emergían desde fuera del círculo de Viena debía ser porque hacia su interior solo se filtraban las malas ideas correspondientes. Era –cuenta Eustaquio que le decía Pablo– como si el círculo tuviese un imán para las malas ideas. Lo bueno, se consolaba, era que dejaban sueltas las buenas ideas del par y había gente que las detectaba y aprovechaba a pensarlas.

De Pablo no tuve más referencias que las de esa noche, pero de Eustaquio días atrás me enteré que había variado el tema de sus relatos. Ahora anda por la vida contando historias de radiación de agujeros negros y partículas subatómicas, elementos de tan insondable existencia como las ciudades de Viena y sus plazas con círculos.

Agosto 17, 2006 Publicado por malambo | Ciencia, Física, No leer | | Aún no hay comentarios

El Gran Hermeneuta

Y con el ruido salado del mar a sus espaldas se dio cuenta, con horror, que estaba desapareciendo. Primero sus piernas se volvieron transparentes, luego su abdomen crecido y sus brazos. Para cuando desapareció el cerebro ya nadie advirtió el cambio.

Pero antes de extinguir su vida de arena, el Gran Hermeneuta comprendió que no fue más que un personaje que alguien había inventado una noche de silenciosa fiesta. Al igual que los hechos y el mundo, él tampoco existía fuera de la imaginación o los textos.

Después de aquella noche nadie lo ha vuelto a ver.

Agosto 17, 2006 Publicado por malambo | No leer, Otras cosas | | Aún no hay comentarios