Bloxito

Una mala copia de la realidad.

Hace 25 años Lacan nos libraba de su existencia

Las conmemoraciones en los aniversarios de una muerte deberían ser graves y ensalzar la memoria del fallecido. Es como si por morir uno sacase patente de bueno o probo. Pues este no es el caso. Hace 25 años moría Lacan, un psicoanalista impostor seguido por charlatanes de feria de todo el mundo (pero con furor en la Argentina), interesados en comprar discursos oscuros y venderlos por profundos. Lacan, dueño de significantes sin significado escribió una vez:

Así, calculando esa significación según el álgebra que utilizamos, a saber: S (significante) sobre s (significado) = S (el enunciado). Con S=1, tenemos s = Raíz Cuadrada de menos 1. Es así como el órgano eréctil viene a simbolizar el lugar del goce. No en cuanto él mismo, ni siquiera en cuanto a imagen, sino en cuanto parte faltante de la imagen deseada: por eso es igualable a Raíz Cuadrada de menos 1.

Y aunque parezca increíble, hubo muchos que leyeron la cita más de dos veces y no les dio vergüenza ajena.

Septiembre 17, 2006 Publicado por malambo | Pseudociencias | | 11 comentarios

Textoclips

A la orilla de la escarcha de montaña estaba uno de esos chicos que nunca fue a la escuela. En patas, con los pantaloncitos deshilachados hasta las rodillas se había sentado y acariciaba a su perro. Con un pañuelito encontrado al costado de la ruta se tapaba la nariz al estilo de las damas antiguas de la peli y miraba hacia el lado de las montañas. El sol contrastaba la piel dorada de la cara contra las finas líneas oscuras de sus labios. El perro estaba muerto y el nene acariciaba el cuero que todavía quedaba entre las costillas.

Julián nunca había podido ganarle en nada a Marcelo. Ni a las bolitas, ni a las figuritas, ni a la casita robada, al chinchón, al truco o al poker; tampoco en la escuela ni con las minas. Un día, Marcelo estaba cavando un pozo hondo para el agua. Julián se acercó y sin decir palabra sacó del bolsillo un paquete de tristeza y empezó a derramarlo en el piso. Cuando terminó sonrió con orgullo por primera vez.

En Mendoza grupos católicos intimidaron a los médicos que realizaron un aborto y a los jueces que los autorizaron; también amenazaron con poner una bomba en el hospital. Dicen que lo hicieron para proteger la vida.

Septiembre 17, 2006 Publicado por malambo | Otras cosas | | Aún no hay comentarios

Bruno y los militares

Una noche, Eustaquio me contó por qué Bruno Maciel odia a los militares. Los 9 de julio, día de la Patria, Bruno iba a buscar chicas al desfile. Durante toda la noche escribía poesía y canciones para ayudar a las probabilidades y a la mañana se ponía el saco nuevo y salía.

Aquel 9 de julio el desfile militar se hizo interminable, los soldados pasaban y pasaban metiendo tanta bulla con las tanquetas, los clarines y los caballos que nunca tuvo la posibilidad de bien decir ni cantar nada. Para la tardecita las chicas se habían ido todas y tampoco pudo ligar; entonces improvisó una letra dedicada a los soldados y sus amigos, que eran los únicos que quedaban en el desfile. Pero se ve que la canción asustó a los caballos y la infantería se le vino encima. Bruno tuvo que tirar el saquito nuevo porque se lo despedazaron. Desde ese día, dice Eustaquio, él odia a los militares.

Septiembre 17, 2006 Publicado por malambo | No leer, Otras cosas | | Aún no hay comentarios

El duelo

La pradera se extendía verde y prolija desde los arcos de cemento hasta el pié de un bosque de cipreses, allá lejos, en la unión entre la tierra y el cielo. Unas primorosas callecitas de grava blanca dividían el terreno en trozos irregulares pero aproximadamente de la misma extensión. Cada parcela quedaba equitativamente custodiada por enhiestos álamos de sombra firme que lloraban hojas grises sobre un piso hilvanado por placas de cerámica rectangulares. Un séquito oscuro acompañaba la letanía de un carromato negro, tirado por dos caballos impecablemente blancos, y sobre él a un féretro de roble lustrado.

A medida que avanzaba siguiendo el camino sinuoso, la caravana, antes monolítica, quedó disgregada según los afectos. Aunque le correspondía el primer lugar, Marianella Martínez Ordóñez eligió resignarlo y quedarse en el segundo grupo. No es que apreciara particularmente la compañía de aquella gente, sino que los del primer montón le molestaban más allá del límite que la buena etiqueta podía soportar. Sabía, sin embargo, que hastiada o rodeada por una multitud, lo realmente importante era que ella se quedaba sola. Caminó pasos seguros y decididos con la brisa flotando sus cabellos detrás de los hombros, pero mantuvo las distancias. Desestimó las voces interiores y las caras cercanas que llenas de reproche le urgían ocupar su lugar, volver donde la estaban esperando sin saber que le pasaba.

Estuvo horas eligiendo el peinado, los adornos y la costosísima ropa de luto. Sonrió brevemente al imaginarlo diciéndole como vestirse, buscando por ella las mejores combinaciones y rompió en llantos cuando deseó que una vez más, sólo una, él volviera a exagerar caras de admiración y asombro ante el producto final. Lloró por cada detalle: por las escapadas al mar huyendo del tedio y la rutina; por las miradas furtivas, pícaras, en medio de reuniones importantes; por las risas y los llantos que compartieron durante los intensos años de vida juntos. Lloró por el futuro, por los anhelos en conjunto y por los proyectos individuales que ya no vendrían, por los hijos prometidos y por pensamientos que hace apenas una semana le habían provocado intenso placer. Sintió angustia, culpa, ira, pena, remordimientos. Por primera vez se sintió viuda.

Marianella se secó las lágrimas, puso la mejor sonrisa que pudo, no mucha, pero la suficiente para engañar a los que la rodeaban y salió a resolver los trámites del velorio y el entierro, portando la seguridad y el aplomo que la caracterizaban. Como siempre, se encargaría de los papeles de él; sin embargo, esos que aborrecía, los que ahora estaban en el primer pelotón junto al ataúd no se lo permitieron, le ganaron de mano. Aves de rapiña que se mantuvieron volando en círculos lejanos y ahora, justo y solo ahora, picaban en riña por los puestos más cercanos al banquete final. ¡Que tremenda avaricia! ¡Cuánto ardid!.

Al doblar por la última calle, detrás de los árboles surgió la figura de un hombre alto y cabellos canos. Al pasar junto a él, Marianella vio que tenía ojos profundos, facciones angulosas y que el traje pulcrísimo no lograba disimular del todo la musculatura trabajosamente formada. Enderezó la mirada volviéndola al sol que brillaba sobre el roble lustrado. Durante el último ritual, por no levantar sospechas, para no mostrarse débil ante esos, libró una larga y feroz batalla contra las lágrimas.

Poco a poco todos se fueron apartando y a medida que se marchaban, la idea de permanecer hasta la despedida final creció y se hizo realidad. Por fin solos, pensó. Rió y volvió a llorar desconsolada, a los gritos. De pronto, el perfume suave del hombre alto y bien formado anunció delicadamente su presencia. Marianella apartó sus ojos del hueco donde se había hundido el cajón pero no los alzó del suelo, se limitó a fijarlos en la sombra del extraño, quien con voz sutil aunque protectora le dijo:

—No llore Ud. señora, seguramente encontrará otro hombre aparte de su marido, un amante nuevo capaz de devolverle la felicidad perdida.

—Lo había encontrado —contesta ella, enjugándose los ojos —pero sus restos yacen en esta tumba.

Septiembre 17, 2006 Publicado por malambo | Literatura, No leer | | Aún no hay comentarios