Bloxito

Una mala copia de la realidad.

El duelo

La pradera se extendía verde y prolija desde los arcos de cemento hasta el pié de un bosque de cipreses, allá lejos, en la unión entre la tierra y el cielo. Unas primorosas callecitas de grava blanca dividían el terreno en trozos irregulares pero aproximadamente de la misma extensión. Cada parcela quedaba equitativamente custodiada por enhiestos álamos de sombra firme que lloraban hojas grises sobre un piso hilvanado por placas de cerámica rectangulares. Un séquito oscuro acompañaba la letanía de un carromato negro, tirado por dos caballos impecablemente blancos, y sobre él a un féretro de roble lustrado.

A medida que avanzaba siguiendo el camino sinuoso, la caravana, antes monolítica, quedó disgregada según los afectos. Aunque le correspondía el primer lugar, Marianella Martínez Ordóñez eligió resignarlo y quedarse en el segundo grupo. No es que apreciara particularmente la compañía de aquella gente, sino que los del primer montón le molestaban más allá del límite que la buena etiqueta podía soportar. Sabía, sin embargo, que hastiada o rodeada por una multitud, lo realmente importante era que ella se quedaba sola. Caminó pasos seguros y decididos con la brisa flotando sus cabellos detrás de los hombros, pero mantuvo las distancias. Desestimó las voces interiores y las caras cercanas que llenas de reproche le urgían ocupar su lugar, volver donde la estaban esperando sin saber que le pasaba.

Estuvo horas eligiendo el peinado, los adornos y la costosísima ropa de luto. Sonrió brevemente al imaginarlo diciéndole como vestirse, buscando por ella las mejores combinaciones y rompió en llantos cuando deseó que una vez más, sólo una, él volviera a exagerar caras de admiración y asombro ante el producto final. Lloró por cada detalle: por las escapadas al mar huyendo del tedio y la rutina; por las miradas furtivas, pícaras, en medio de reuniones importantes; por las risas y los llantos que compartieron durante los intensos años de vida juntos. Lloró por el futuro, por los anhelos en conjunto y por los proyectos individuales que ya no vendrían, por los hijos prometidos y por pensamientos que hace apenas una semana le habían provocado intenso placer. Sintió angustia, culpa, ira, pena, remordimientos. Por primera vez se sintió viuda.

Marianella se secó las lágrimas, puso la mejor sonrisa que pudo, no mucha, pero la suficiente para engañar a los que la rodeaban y salió a resolver los trámites del velorio y el entierro, portando la seguridad y el aplomo que la caracterizaban. Como siempre, se encargaría de los papeles de él; sin embargo, esos que aborrecía, los que ahora estaban en el primer pelotón junto al ataúd no se lo permitieron, le ganaron de mano. Aves de rapiña que se mantuvieron volando en círculos lejanos y ahora, justo y solo ahora, picaban en riña por los puestos más cercanos al banquete final. ¡Que tremenda avaricia! ¡Cuánto ardid!.

Al doblar por la última calle, detrás de los árboles surgió la figura de un hombre alto y cabellos canos. Al pasar junto a él, Marianella vio que tenía ojos profundos, facciones angulosas y que el traje pulcrísimo no lograba disimular del todo la musculatura trabajosamente formada. Enderezó la mirada volviéndola al sol que brillaba sobre el roble lustrado. Durante el último ritual, por no levantar sospechas, para no mostrarse débil ante esos, libró una larga y feroz batalla contra las lágrimas.

Poco a poco todos se fueron apartando y a medida que se marchaban, la idea de permanecer hasta la despedida final creció y se hizo realidad. Por fin solos, pensó. Rió y volvió a llorar desconsolada, a los gritos. De pronto, el perfume suave del hombre alto y bien formado anunció delicadamente su presencia. Marianella apartó sus ojos del hueco donde se había hundido el cajón pero no los alzó del suelo, se limitó a fijarlos en la sombra del extraño, quien con voz sutil aunque protectora le dijo:

—No llore Ud. señora, seguramente encontrará otro hombre aparte de su marido, un amante nuevo capaz de devolverle la felicidad perdida.

—Lo había encontrado —contesta ella, enjugándose los ojos —pero sus restos yacen en esta tumba.

Septiembre 17, 2006 Publicado por malambo | Literatura, No leer | | Aún no hay comentarios

El duelo

La pradera se extendía verde y prolija desde los arcos de cemento hasta el pié de un bosque de cipreses, allá lejos, en la unión entre la tierra y el cielo. Unas primorosas callecitas de grava blanca dividían el terreno en trozos irregulares pero aproximadamente de la misma extensión. Cada parcela quedaba equitativamente custodiada por enhiestos álamos de sombra firme que lloraban hojas grises sobre un piso hilvanado por placas de cerámica rectangulares.

Un séquito oscuro acompañaba la letanía de un carromato negro, tirado por dos caballos impecablemente blancos, y sobre él a un féretro de roble lustrado. A medida que avanzaba siguiendo el camino sinuoso, la caravana, antes monolítica, quedó disgregada según los afectos. Aunque le correspondía el primer lugar, Marianella Martínez Ordóñez eligió resignarlo y quedarse en el segundo grupo. No es que apreciara particularmente la compañía de aquella gente, sino que los del primer montón le molestaban más allá del límite que la buena etiqueta podía soportar. Sabía, sin embargo, que hastiada o rodeada por una multitud, lo realmente importante era que ella se quedaba sola.

Caminó pasos seguros y decididos con la brisa flotando sus cabellos detrás de los hombros, pero mantuvo las distancias. Desestimó las voces interiores y las caras cercanas que llenas de reproche le urgían ocupar su lugar, volver donde la estaban esperando sin saber que le pasaba.

Estuvo horas eligiendo el peinado, los adornos y la costosísima ropa de luto. Sonrió brevemente al imaginarlo diciéndole como vestirse, buscando por ella las mejores combinaciones y rompió en llantos cuando deseó que una vez más, sólo una, él volviera a exagerar caras de admiración y asombro ante el producto final. Lloró por cada detalle: por las escapadas al mar huyendo del tedio y la rutina; por las miradas furtivas, pícaras, en medio de reuniones importantes; por las risas y los llantos que compartieron durante los intensos años de vida juntos. Lloró por el futuro, por los anhelos en conjunto y por los proyectos individuales que ya no vendrían, por los hijos prometidos y por pensamientos que hace apenas una semana le habían provocado intenso placer. Sintió angustia, culpa, ira, pena, remordimientos. Por primera vez se sintió viuda.

Marianella se secó las lágrimas, puso la mejor sonrisa que pudo, no mucha, pero la suficiente para engañar a los que la rodeaban y salió a resolver los trámites del velorio y el entierro, portando la seguridad y el aplomo que la caracterizaban. Como siempre, se encargaría de los papeles de él; sin embargo, esos que aborrecía, los que ahora estaban en el primer pelotón junto al ataúd no se lo permitieron, le ganaron de mano. Aves de rapiña que se mantuvieron volando en círculos lejanos y ahora, justo y solo ahora, picaban en riña por los puestos más cercanos al banquete final. ¡Que tremenda avaricia! ¡Cuánto ardid!.

Al doblar por la última calle, detrás de los árboles surgió la figura de un hombre alto y cabellos canos. Al pasar junto a él, Marianella vio que tenía ojos profundos, facciones angulosas y que el traje pulcrísimo no lograba disimular del todo la musculatura trabajosamente formada. Enderezó la mirada volviéndola al sol que brillaba sobre el roble lustrado.

Durante el último ritual, por no levantar sospechas, para no mostrarse débil ante esos, libró una larga y feroz batalla contra las lágrimas. Poco a poco todos se fueron apartando y a medida que se marchaban, la idea de permanecer hasta la despedida final creció y se hizo realidad. Por fin solos, pensó. Rió y volvió a llorar desconsolada, a los gritos. De pronto, el perfume suave del hombre alto y bien formado anunció delicadamente su presencia. Marianella apartó sus ojos del hueco donde se había hundido el cajón pero no los alzó del suelo, se limitó a fijarlos en la sombra del extraño, quien con voz sutil aunque protectora le dijo:

—No llore Ud. señora, seguramente encontrará otro hombre aparte de su marido, un amante nuevo capaz de devolverle la felicidad perdida.

—Lo había encontrado —contesta ella, enjugándose los ojos —pero sus restos yacen en esta tumba.

Agosto 26, 2006 Publicado por malambo | Literatura, No leer | | Aún no hay comentarios

Escribir mejor no cuesta nada

Ahora que tengo una fuente con mayor potencia pude instalar en la máquina algunos artefactos nuevos y otros viejos. Podría estar ahora digitalizando videos desde la camcorder, por ejemplo, pero uno de los artilugios es un disco rígido de 10Gb de mi anterior ordenador y en él descubrí La guía para escribir mejor, un documento que, aunque fue escrito en aquella vieja Pentium II y en mi Word, estoy casi seguro de que no me pertenece. Debió haber alguna razón para que yo tipeara 6 páginas, pero no la recuerdo. Así que si alguien es el dueño de la primera nota que pego a continuación, pues que lo haga saber y luego de demostrarlo, que ponga las condiciones.

¿Qué miramos cuando miramos personas?

Uno de los errores comunes al escribir sobre alguna persona es hacer retratos insulsos, aquí siguen unos puntos para mejorar la profundidad de la descripción. Lee más »

Enero 6, 2006 Publicado por malambo | Literatura | | Aún no hay comentarios

Sostiene Pereira (Contexto histórico-político)

Sostiene Pereira de Antonio Tabucchi. Es la historia de un gris editor de la sección cultural de un periódico que vivía en Portugal en la época de la guerra civil española, un poco antes de la segunda guerra mundial. Pero, sobre todo, es la historia de una transformación.
Reseña

Pereira percibió ese día que el clima había cambiado. En Lisboa la brisa atlántica que había resplandecido en azules se convirtió en una bochornosa cortina de niebla. Esa misma tarde, lejos de la ciudad, en otro país, se ahogaban las vidas de muchos de los que estaban en una de las márgenes del Ebro. La Guerra Civil Española había comenzado dos años antes por el derrocamiento del gobierno democrático encabezado por Manuel Azaña, un presidente de izquierdas que había quitado privilegios a terratenientes y obispos.

Los agresores, que entre ellos se llamaban nacionalistas, enfrentaron a la resistencia republicana y finalmente la vencieron. La Iglesia Católica, que ejercía considerable influencia sobre la educación y la libertad de expresión, apoyó el levantamiento y constituyó una importante fuerza conservadora de la elite cultural, política y económica de España.

El país quedó geográfica e ideológicamente dividido. El tercio norte de su territorio fue ocupado por los nacionalistas, encabezados por el general Francisco Franco y el resto por los republicanos. Aparte de intensas luchas internas, el 25 de julio de aquel tórrido verano de 1938 comenzó en el Ebro la última batalla por la hegemonía, batalla que se llevó cien mil del medio millón de vidas que aniquiló la barbarie.

En esa atmósfera caliente, España rezumaba segregación y muerte por sus fronteras y Portugal se contagiaba asfixiando la vida de un carretero socialista, más allá del Tajo, hacia el sur. Pereira, periodista de profesión lo sabía, pero además creía saber que no podía hacer otra cosa sino callar, porque todos callaban y porque Salazar, presidente de Portugal y también amigo de Franco, también dictador, también violento, también profundamente católico como él, era el jefe de la Guarda Nacional, la misma que estacionaba camionetas en el portal del mercado de su barrio. Sin embargo, era consciente que mientras él callaba “… la gente moría y la policía era la dueña y señora“.

Pereira, el periodista, tenía otras opciones. Podía hacer notas sobre yates de Nueva York, camisas de lujo, canotiés y champán, pero pensar esa opción lo hacía sudar, lo asfixiaba ahora y sospechó que también lo sofocaría en el futuro. Cuerda y arco, compromiso y mediocridad arrojaron al hombre calles arriba, al encuentro con el padre António. El cura franciscano, que hubiera podido dedicarse a intrigas palaciegas buscando el poder, que hubiera encontrado la molicie apoyando el régimen, prefirió, sin embargo, quedarse en el llano aliviando el padecimiento de sus enfermos.

El padre António dirigió la flecha a su blanco. Contó algo que Pereira ya había oído pero sin escuchar y después, entreviendo la respuesta, amonestó “… ¿en qué mundo vives, tú, que trabajas en un periódico?“. Pereira, extenuado se dio cuenta que “vivía como si estuviera muerto“, que “la suya era sólo una supervivencia, una ficción de vida“.

Contexto intelectual

En la antesala de la barbarie peninsular pensaba Einstein, pero alucinaba Freud; revolucionaba Stalin; pintaban Courbet y Monet, pero también Picasso; escribían Honoré de Balzac, Gustave de Flaubert y detrás de Émile Zola, Guy de Maupassant y Alphonse Daudet exageraban a Balzac y Flaubert; sin embargo, los resistían con el alma Paul Claudel, Françoise Mauriac y Georges Bernanos.

Sintetizando a Aquino y Bergson, Jacques Maritain se convirtió en un puente entre el hombre biológico, socialmente determinado y uno inmaterial e intuitivo. Sostuvo que existir es actuar y que la cooperación siempre es posible cuando la humanidad aspira a un bien común. Por su costado religioso, Maritain seguramente le gustaba al primer Pereira y le gustaría al segundo su aspecto social; también le hubiera agradado al doctor Cardoso por su sincretismo, pero sólo es posible intuirlo.

Claudel, Mauriac, Maritain y Bernanos eran literatos franceses católicos, pero había diferencias. Paul Louis Charles Marie Claudel, tal su nombre completo, pertenecía al grupo de los simbolistas, un movimiento que expresaba ideas, sentimientos y valores mediante símbolos antes que por sentencias directas, en la política sirvió a los cuerpos diplomáticos franceses, y socialmente era un hijo de puta, según los dichos del padre António.

Pereira, seguro que no por desconocimiento, sí por desacuerdo tibio y lealtades superfluas y timoratas, prefirió no definirlo ocultándose tras un mediocre “Así, de pronto, no sabría (…) él también es católico, ha tomado una postura diferente…“. El padre António, nuevamente desde el llano volvió a iluminarle el camino.

Los otros tres, Mauriac, Maritain y Bernanos, a pesar de estar también bajo la sombra de la cruz, se inmiscuyeron en las vidas de los países vecinos poniendo en peligro las suyas. Bernanos denunció la represión franquista en España, pero fue más allá y en “Un diario de mis tiempos” (1938) atacó al fascismo en general, y el Vaticano quedó escandalizado.

Pereira se dio cuenta que su mundo íntimo, que sus gustos personales y sus afectos eran compatibles con el compromiso social. Experimentó la pertenencia a un grupo. No fue alegría ni tampoco satisfacción, Pereira sintió orgullo por la decisión de Bernanos; y el orgullo es una emoción social. Su personalidad, que en plena transición se desgranaba, vio el ejemplo de una estructura sólida, una ética de hierro que lo enorgullecía y lo incitaba a la participación.

El padre António también había mencionado a Maritain, pero como era un filósofo y

[l]a filosofía parece ocuparse sólo de la verdad, pero quizá no diga más que fantasías, y la literatura parece ocuparse sólo de fantasías, pero quizá diga la verdad

Pereira sólo le escuchó nombrar al literato Mauriac. Los católicos Maritain y Mauriac junto al clero vasco se habían puesto del lado de la república, a favor del pueblo y en contra del Vaticano, que con sus negras sotanas seguía tapando el sol de la Europa no reformada.

La última clase y la interpretación de Cardoso

El fuero íntimo de Pereira se encontraba poblado de escritores católicos, pero estaba traduciendo a Balzac y a Daudet, que no lo eran, para su exteriorización social. El primero integraba el realismo literario y el otro el naturalismo, disciplinas que consideran al hombre desde una perspectiva objetiva y empírica. En particular el naturalismo del que Daudet formaba parte asumía que los seres humanos tenían una posición amoral y su comportamiento quedaba controlado por el instinto, las emociones y los condicionamientos sociales y económicos.

Para Pereira el cuento de Daudet significaba su siguiente peldaño, un modelo a imitar en su propia vida. Un tanteo en el que la mano se estira en la oscuridad un poco más allá buscando la luz, pero de una llama. Después del “mensaje dentro de la botella” de Balzac, el compromiso tomó forma, se hizo más explícito. La nueva personalidad emergía gradual, disonante con el quiebre abrupto que requiere la teoría de la confederación de almas.

Sin embargo, el doctor Cardoso pensaba que la actitud del periodista era la apertura de un espacio al nuevo yo hegemónico, que no decretaba súbitamente su presencia sino que iba descubriéndose poco a poco. A Pereira no se le escapaba que La última lección era una historia contra Alemania, y que Alemania era un país intocable para Portugal. Sabía que no se trataba de “agua pasada” sino de un desafío del que era plenamente consciente.

Ya veremos, dijo Pereira, de todos modos el Lisboa es un periódico independiente.

Enero 3, 2006 Publicado por malambo | Literatura | | Aún no hay comentarios

Intersecciones metafóricas

Siempre fui un negado para encontrar metáforas. No me refiero a abrir un libro y darme cuenta donde hay una, eso es fácil, una metáfora es una comparación que le falta la palabra ‘como’. Lo que quiero decir es que no soy especialmente dado a encontrar similitudes poéticas entre las cosas, y como el asunto me preocupa un poco escribí la siguiente teoría:

Las metáforas son intersecciones de propiedades entre dos objetos. Desde alguna perspectiva, dos objetos (e.g. el camino y la vida) comparten ciertas propiedades (sucesión de eventos, ir “hacia adelante”, cosas conocidas en el pasado y desconocidas en el futuro, baches-dificultades, piedras-obstáculos, cruces con otros caminos-vidas, etc.). Si nos mantenemos dentro de ese contexto, dentro de esa perspectiva, ambos objetos son idénticos, intercambiables. Para lograr una buena metáfora, entonces, supongo que es esencial definir un contexto adecuado que obligue al lector a esa interpretación y no a otra.

Una idea pariente es la de un texto metafórico. Por ejemplo imaginemos un poema que se llame “El Circo”, pero que en realidad se refiera a la vida. Se describe, sin nombrarlo al circo, pero sólo por aquellas propiedades que según el contexto se asemejen a la vida. Entonces quizá logremos una doble ocultación. Por un lado, al no nombrarlo directamente, el lector debe descubrir que se trata de un circo. Pero en una lectura posterior, al ver que las propiedades seleccionadas son también las de la vida, entonces descubrirá que en realidad se estaba hablando de la vida y no del circo.

Ahora si me preguntan qué se gana con ocultar lo que se quiere decir, para qué decirlo de forma indirecta si se lo puede hacer de forma inmediata, bueno ahí hay varias conjeturas, pero la frase que me parece más adecuada es una de Paul Dirac:

En ciencia uno intenta hablarle a la gente de forma que todos puedan entender algo que nadie conocía antes. Pero en la poesía ocurre exactamente lo contrario.

Pero con teoría o no, sigo en mis trece. Si no, mira como quedo el ejercicio bastante típico de servirse de un libro para obtener sustantivos al azar y transformarlos en comparaciones:

  1. Viaje
  2. Vida
  3. Selva
  4. Camino
  5. Recuerdo

Que produjeron las siguientes comparaciones:

  1. Ese viaje es como un horno de paisajes.
  2. Esa vida es como una hojita de álamo.
  3. Esa selva es como una tortilla de acelga (y estamos sentados a la mesa).
  4. Ese camino es como un río de agua fresca.
  5. Ese recuerdo es como una gota de limón.
  6. (El celeste se convirtió en sudor gris y la tierra lo transformó en verde)

Y en sintonía con lo que bauticé texto metafórico o de doble lectura:

Tu horizonte estéril
pare una Tierra silenciosa.
Con la soledad de los eternos
imprimo mi huella secreta
en tu suelo vacío, poblado
de cráteres blancos
y de una mano imprevista
que acaricia mi hombro.

Espero que mi sesuda intervención en la literatura sirva por lo menos de venganza. Es que hay tanto crítico literario metido a filósofo negador de la realidad y “cientistas” interpretando la sociedad como textos, que despedazar la literatura me suena a dulce revancha.


Actualización 2005-12-23

Buena metáfora, lo que quiere decir buena metáfora, esta.

Enero 3, 2006 Publicado por malambo | Filosofía de la ciencia, Literatura | | Aún no hay comentarios