La confusión entrópica
…es triste ver que las ideas explicadas por Boltzmann con tanta elegancia, un siglo después todavía deban re-explicarse una y otra vez.
J. Bricmont, ¿Ciencia del caos o caos en la ciencia?
La divulgación científica es una tarea tan ardua como meritoria. Al no tratarse de comunicación interna entre científicos ni atender temas de los días comunes, le toca el difícil trabajo de construir un puente entre dos mundos. Sobre ese angosto pasadizo los divulgadores intentarán transportar pesados e inusuales conceptos sin que se aboyen demasiado ni que el puente se rompa. Reducirán su peso, los lustrarán y tratarán de hacerlos lucir parecidos a esos otros conceptos con los que tratamos a diario. Las ideas que llegan desde la ciudadela al otro lado del puente lo harán indefectiblemente distintas a como partieron.
Y no es que no se avise porque los buenos divulgadores de las ciencias avisan, a cada rato lo hacen. Pero muchas veces teóricos de la comunicación, filósofos y críticos literarios devenidos en filósofos, que deberían tomarse el trabajo de cruzar el río para aprender de los conceptos en su propia red semántica en la lengua natural de la ciudadela allende el profundo río, prefieren en cambio desoír advertencias y comprar el producto divulgado para inventar metáforas, porque les gusta inventar metáforas con palabras que suenan lindas y respetables.
Autismo y falsedad del relativismo cultural
El posmodernismo es una mezcla de neomarxismo, constructivismo, desconstruccionismo y subjetivismo. Aunque no existe un paradigma dominante entre estas tendencias, todas comparten el desprecio por la razón y la ciencia y concuerdan en la tesis relativista que asevera que no existen verdades universales sino relativas al individuo o acuerdos intersubjetivos dentro de grupos sociales.
Afirma que no existen verdades universales pero a la vez pretende la universalidad de dicha aseveración. Asegura que las ciencias son unas construcciones sociales que no se distinguen de otras narraciones, e inmediatamente se trepa a un contradictorio plano de superioridad que proyecta como trasculturalmente “verdadero”, superior a cualquier mito. A pesar de las claras diferencias epistemológicas entre las ciencias y las tecnologías, el relativismo las ubica en un impreciso campo que llama tecnociencias, término que responde más a sus intereses que a la realidad. Calcando el discurso de moda en las universidades norteamericanas y francesas, tiene la desfachatez de acusar a los científicos vernáculos de ser funcionales al imperio, sin mostrar siquiera un burdo bosquejo de prueba.
Impulsado por una suerte de paranoia neomarxista, el relativismo cultural equipara lo externo con el enemigo y se cierra en un exacerbado regionalismo en el que únicamente lo local es bueno y seguro. De esta manera es posible empezar a comprender el nazismo de Martín Heidegger y el apoyo de Michel Foucault a todas las corrientes autoritarias de su época. No podría decirse que los valores del relativismo “atrasen”, como a veces se afirma, respecto de los que componen el ethos mertoniano de la ciencia, pero sí que son incompatibles.
De Sarmiento a la posmodernidad
Desde hace unos años el tema da vueltas en las redacciones. Cuando los aspirantes al ingreso a la Facultad de Ciencias Astronómicas y Geofísicas de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP) fracasan en la evaluación de diagnóstico, cuando llegan informaciones de que en la Universidad Nacional de Rosario los talleristas son incapaces de superar la Instancia de Confrontación Vocacional, en la que deben aprobar exámenes básicos de química, biología y anatomía, ocurre el revuelo y hay una semanita de muchos dimes y te dirés sobre el tema, hasta que surgen noticias de verdadera importancia. A esta altura, en la parte final del ciclo anual todavía estamos a tiempo para mejorar la instancia del próximo año, aunque sospecho que la historia volverá a repetirse, porque el tema se asienta en las más profundas bases de la degradación cultural.
Que la decadencia se empiece a notar en las ciencias y las tecnologías científicas no es una casualidad. El ocaso cultural argentino comenzó en el golpe militar de Uriburu en la década del ’30. Luego, en los ’60 llegó de Estados Unidos una moda que cundió entre los intelectuales vernáculos, tanto de derecha como de izquierda e incrementó la pendiente. El máximo esplendor lo alcanzaron en la década corrupta y hoy, aunque el neoliberalismo está cada vez más lejos de las pampas, cátedras de prestigiosas Facultades siguen respirando el aliento posmoderno. Porque el posmodernismo, digámoslo de una vez, se da la mano con cualquier patrón ideológico. Lee más »
¿Es el posmodernismo un cuento de niños?
¿Usted cree en Papá Noel? No, no se ría, de verdad le pregunto. Y si no cree ¿por qué no cree? ¿No sabía Ud. que en el mundo hay muchísimas personas que creen en Papá Noel? Su hijo, su sobrinito o su nieto, ¿acaso no creen?
Hay millones de chicos en todo el mundo que cada Noche Buena esperan sinceramente a un barrigón barbudo, vestido de rojo y con un gorro de pompón blanco. Miran al cielo para ver un trineo volador tirado por renos voladores que hacen sonar cascabeles y que tienen la obligación de visitar 822.2 casas por segundo para llegar a tiempo.
Le cuento. Resulta que hay una moda en filosofía que dice que el único requisito para que algo exista es que haya un montón de personas que crean en ese algo. Y la inversa también es válida: según estos fashion de la filosofía, si una cultura ignora o no cree algo, ese algo no existe.
Entonces, Papá Noel ¿existe o no existe? La existencia no es una propiedad relativa de las cosas. Lo que quiero decirle es que una cosa está en este maltrecho Universo o no está, no hay otra. Ser o no ser, como decía Shakespeare, esa es la cuestión. No se puede existir para unos y no para otros. Lo que uno puede hacer es esconderse, como hacía mi tío cuando venían los acreedores, pero escondido y todo uno sigue existiendo.
Ahora que me acuerdo de mi tío, resulta que al tipo un día se le dio por escuchar a Alberto Cortés. Al día siguiente ya quería construir castillos en el aire y volar como las gaviotas. Enseguidita decidió no creer más en la ley de la gravedad; porque mi tío sería de pensamiento corto, pero las decisiones las tomaba rápido. Digo: Como pertenecía a la cultura de los que no creían en la ley de gravedad, entonces la ley de gravedad no actuaba sobre él. Los fashion de los estudios culturales lo aplaudieron a rabiar.
Mire que mi tía le insistió, le rogó, le tiró de la manga del saco, pero él nada; cuando se le metía algo en la cabeza no había quién lo hiciera cambiar. Fue y saltó por la ventana no más. Vivía en el piso 12. El otro día lo fui a visitar… al cementerio. Después del salto el ñato dejó de existir, incluso para los acreedores.
Mi tía quedó desconsolada. Tanto, que al poco tiempo empezó a ir a un psicoanalista. Pero los psicoanalistas en general son muy afectos a lo que dicen los fashion, entre otras cosas porque vienen de Francia, como Freud, Lacán y las cigüeñas.
Le decía: el psicoanalista de mi tía era más que moderno, era posmoderno. Y le insistía que si no podía soportar el hecho que mi tío estuviera muerto, que se mudara a una cultura en la que todos creyeran que estaba vivo. Al fin y al cabo, le decía el psicoanalista, la historia es un discurso construido y no una concatenación de hechos; que por otro lado no existen, salvo como un ideal que permite hablar de ellos como dijo Rorty, le aseguró casi sin respirar el psicoanalista a mi tía.
Ella, que no creía en Rorty ni en Papá Noel, ni en Freud ni en las cigüeñas que vienen de París, se cansó de tanta palabrería hueca, se levantó, le encajó un paragüazo en el marote y se fue. Pero desde la puerta le sugirió que construyera un discurso que dijera que el chichón le quedaba lindo y que ella le había pagado la consulta, cosa que nunca hizo, porque mi tía es de las que no se dejan estafar por los charlatanes.
Habráse visto, protestaba mi tía mientras caminaba bien pegadita a los edificios porque llovía y el psicoanalista le había roto el paraguas. Mirá que venir a decirme que la historia es una construcción cultural, se repetía indignada.
Yo no sé cuales fueron los motivos reales de su enojo, pero me parece que la ñata tiene razón. Si existen dos versiones opuestas acerca de un mismo hecho, ¿las dos están en lo cierto? Los filósofos fashion dicen que sí, que no existen los hechos objetivos, que lo que es cierto para una cultura puede no serlo para otra y que el saber de ninguna cultura es superior al de otra. Por ejemplo, ellos dicen que aquellas culturas que creían que la Tierra era plana tienen tanta razón como las que creen que es aproximadamente esférica.
Entonces, si los hechos objetivos no existen, ¿la muerte de millones de nativos durante las invasiones españolas es sólo una creencia verdadera en algunas culturas y falsa en otras? ¿no son objetivas las muertes y las torturas que sufrieron miles de argentinos durante los años de plomo? ¿tienen tanta razón los que dicen que los muertos por la dictadura no llegaron a 300 como los que dicen que fueron más de 30 mil?
¿Qué pasaría si a alguien se le ocurre decir, por ejemplo, que no hay que prevenirse del virus del SIDA porque el HIV sólo es una creencia de los médicos? ¿Y que pasaría si el que lo dice es un influyente pensador fashion, que no sólo convence a psicoanalistas sino también a políticos encargados de la salud?
José Pablo Feinman es un escritor y filósofo argentino que admira la obra de Heidegger, quien aparte de haber sido un nazi no arrepentido, fue el abuelo intelectual de esta moda filosófica que viene pegando fuerte en los centros de pensamiento humanista latinoamericanos. Feinman también es un referente filosófico del presidente de la Nación.
Nacha Guevara en la década corrupta, desde el canal estatal escribía frases con rouge en un espejo y decía que el mero hecho de creer en ellas hacía que se cumplieran. Nacha llegó a ocupar un cargo público en un área cultural.
Qué relación tiene todo esto con Papá Noel no sé. Podría preguntárselo a mi tía que sabe mucho de estas cosas, pero ella sigue llorando al ñato, que fue otra víctima del posmodernismo.
Adicción al psicoanálisis
El 43% de los argentinos fuma y si yo le preguntara si fuma, aunque Ud. no lo hiciera no se ofendería. En cambio, si le pregunto si se droga con cocaína la cosa toma otro color, fundamentalmente porque esta droga no tiene la aceptación social que tiene el cigarrillo. Pero hay más diferencias entre ellas: El tabaco provoca mayor cantidad de muertes y enfermedades que la cocaína, simplemente porque los fumadores pueden ejercer su adicción libremente y, en consecuencia, son más los que tienen acceso y lo pueden hacer más a menudo y en cualquier lugar. No estoy defendiendo el consumo de cocaína, no estoy loco; el punto es la aceptación social, fenómeno que también se da con el psicoanálisis.
Mudando papeles me encontré con un viejo artículo que apareció en la revista Ñ reforzando la aceptación social hacia otro tipo de prácticas, que en este caso no sólo perjudican el físico sino también la salud mental.
En la nota, la entrevistada con una desfachatez descomunal, respalda la ineficacia del psicoanálisis y defiende su falta de reglamentación legal. Se pone a favor de la economía neo liberal y dice que en cuestiones de salud mental también hay que desreglar, que la ausencia de ley es mejor que una legislación muy fuerte que proteja a los pacientes de los charlatanes (ella, claro, no los llama así, porque pertenece al clan). Lo que quiere, en definitiva, es que el Estado siga sin controlar el ejercicio del psicoanálisis a pesar de que está fuertemente entrometido en los sistemas públicos de salud mental.
¿Usted se psicoanaliza? Igual que con el cigarrillo la pregunta no ofende, ¿verdad? pero si le preguntara si intenta resolver sus problemas espirituales yendo al parapsicólogo, al curandero o a cualquier otro brujo, Ud. seguramente sentiría que estoy despreciando su inteligencia y se ofendería. Y no es para menos.
¿Pero se preguntó qué diferencia esencial existe entre un brujo y un psicoanalista? Brujos y psicoanalistas están al margen del conocimiento científico. El mismo Freud aconsejó a sus seguidores mantenerse al margen de la ciencia. Ambos cobran dinerales por técnicas que llevan años y que al final no dan ningún resultado; tanto unos como otros defienden esa ineficacia culpando al mundo, como lo hace Elisabeth Roudinesco en la nota de Ñ. Ambos grupos creen en fantasmas e intentarán curarlo apelando a ellos. Y tanto unos como otros pueden llevar a la muerte a un paciente que tenga una enfermedad mental grave como la depresión mayor.
Pero hay una diferencia fundamental entre ambas prácticas y es el perjuicio sanitario que producen. El psicoanálisis es más perjudicial que cualquier otro tipo de brujería. Y no es que esté defendiendo la parapsicología o las muchas formas de curanderismo. Ni por asomo, no estoy loco.
Como con el cigarrillo, acá también el punto central es la aceptación social del psicoanálisis. En la década del ’60 se puso de moda en la Argentina esta forma de macanear. Como toda moda fue y vino, pero en nuestro país nunca perdió el aura de prestigio. Mucha gente cree que son científicos y se resiste a salir de su engaño.
En algunos círculos sociales está de re-onda tener personal trainer y psicoanalista. Si no los tenés, no existís. Mi abuela le contaba sus penas al padrecito cura y gratis; Jesica, una amiga, hace como cinco años que no soporta pasar más de tres días sin analizarse y gasta un dineral cada vez que asiste a una sesión de terapia. Cuando la psicoanalista sale de vacaciones, Jesica me hace acordar a Pedro cuando le escondemos los cigarrillos.
Si Ud. quiere tirar su plata en charlas con los brujos no me preocupa, a menos que Ud. sea un maníaco-depresivo y el o la licenciada se resista a derivarlo a algún profesional de la salud que realmente sepa del tema.
Lo preocupante de la aceptación social del psicoanálisis es que los charlatanes convencieron a los políticos y lograron enquistarse en el sistema público de salud mental. En muchos casos obtuvieron puestos de poder. Se convirtieron en el establishment de la salud mental y no solo no curan sino que, además, no dejan curar.
Por eso, los políticos encargados de la salud mental deberían preguntarse por la eficacia de los métodos que se utilizan en los hospitales. Deberían cerciorarse que no se está engañando a los pacientes, que no se estén haciendo pasar discursos obsoletos por curas efectivas y deberían expulsar a los charlatanes con diván y todo, por más que hoy estén de moda y tengan buena prensa.
En cuanto a Ud., con su plata haga lo que quiera, pero a mí me parece que si desea cuidar su salud física no debería drogarse ni con cocaína ni con cigarrillos; y si, además, desea cuidar su salud mental, debería recurrir a buenos psicólogos, no a consultorios de psicoanalistas u otros curanderos de la mente.
El posmodernismo y la libertad
La libertad no es el ejercicio de lo que no está prohibido, sentenció gravemente el Soñador de universos posibles. Y cuando la clase estuvo en silencio, como si desgarrara un secreto profundo, con voz pausada pero potente agregó: La libertad está compuesta de sueños y de todas las acciones que optemos ejecutar para realizarlos.
Es por eso que la libertad no es gratuita ni está garantizada. Cada día millones de personas en todo el mundo luchan muy duro por conservarla, porque herirla de muerte cuesta muy poco: basta con cercenar la posibilidad de imaginar. La incomunicación o su expresión encubierta, la comunicación fragmentada propuesta por el posmodernismo, con su carga de brevedad, incompletitud superficial y urgente satisfacción de lo inmediato poda la arborización cultural de la gente y al diezmar ideales coartando fantasías nos convierte en personas más dependientes porque achica el futuro y cercena el campo de acción del que elegir.
La imaginación posmoderna, prisionera de un mundo artificialmente fragmentado resulta agobiada por la variedad propuesta por el Universo e incapaz de encontrarle regularidades huye atemorizada a guaridas homogéneas de aventuras sin sobresaltos. El posmodernismo, con su manojo de filosofías vulgares incapaces de explicar la riquísima variedad del mundo se consume dentro de los modestísimos límites de su lánguida imaginación. Y sin imaginación, la posmodernidad carece de las facultades necesarias para servir a la libertad del hombre.
Posmodernismo en ¿astronomía?
En la página de BOINC Argentina que según reza en su feed es una página oficial de SETI@home, el proyecto de búsqueda de señales de radio emitidas por seres inteligentes extraterrestres, apareció un curioso post sobre astronomía cultural, astroarqueología, arqueoastronomía, etnoastronomía y astronomía antropológica.
SETI se destacaba por ser la alternativa racional a las idioteces ufológicas de búsqueda de vida extraterrestre. Sin embargo, el posmodernismo parece que viene pegando fuerte y ha logrado enquistarse también dentro del proyecto. El Lic. Alejandro M. López del Area de Astronomía del Planetario de la Ciudad de Bs. As. firma el post en el que asegura, entre otras cosas, que:
“…durante el siglo XX el mundo académico ha asistido al surgimiento de una nueva mirada sobre lo que los científicos hacen y sobre el universo que estudian. Esta nueva mirada no se ha limitado a señalar los aspectos subjetivos presentes en las más duras de las ciencias (incluyendo a la astronomía), sino que nos han mostrado que el mundo que queremos estudiar tiene un carácter menos absoluto de lo que pensábamos.”
Claro, el Universo no existe, sólo las palabras que lo interpretan, escenario perfecto para que crezcan haraganes de lengua afilada y poco gusto por el estudio duro. Charlatanes sin vergüenzas que tienen el tupé de venir a decirles a los científicos como es el mundo que estudian sin haber agarrado jamás un libro de astronomía.
Dice López:
“Así [las nuevas "miradas"] han permitido, entre otras cosas, comenzar a pensar seriamente en las ciencias duras en relación con las culturas donde se originaron.”
pero no se da cuenta que los posmodernos o sus variantes posestructuralistas relativistas, más interesadas en crear eslóganes convincentes que en entender la realidad (que para muchos de ellos no existe) no permiten pensar y mucho menos hacerlo seriamente. Primero porque desestiman la verdad y segundo porque no saben de qué va la ciencia. Lo único que le falta decir a López es que la astrología y la astronomía están en un pie de igualdad porque hay “culturas” que nunca llegaron más allá de ese saber y ahí sí, estamos completos.
Está claro, pero es una verdad de perogrullo, que el “ambiente” social es importante en el desarrollo científico, como lo es en cualquier otra actividad llevada a cabo por comunidades humanas. Pero de ahí a afirmar que el resultado de las investigaciones científicas dependa del entorno cultural es una falacia.
Luego “define” Astronomía cultural como una “vastísima área” que incluye “calendarios, observación práctica, cultos y mitos, representación simbólica de eventos, conceptos y objetos astronómicos, orientación astronómica de tumbas, templos, santuarios y centros urbanos, cosmología tradicional y la aplicación ceremonial de tradiciones astronómicas”. Estos campos de conocimiento tal vez sean respetables (aunque los antecedentes me ponen alerta), pero no son astronomía; López confunde el objeto de estudio de esa ciencia con la historiografía de un puñado de ideas de algunos grupos humanos. La astronomía no estudia ni la evolución de las ideas ni sistemas humanos, estudia objetos celestes. Por lo tanto, mal puede llamar “astronomía” a tales conocimientos, por más que rellene el campo de trascendencia del nombre con la palabra ‘cultural’.
Y luego la infaltable cita de autoridad:
“De este modo la astronomía cultural es una verdadera astronomía antropológica (expresión debida al astrónomo y antropólogo Anthoni Aveni, uno de los más respetados expertos en el tema).”
Es una pena que en el proyecto SETI se esté infiltrando el irracionalismo. Pronto los que estamos donando tiempo de nuestras máquinas tal vez tengamos que arrepentirnos al ver puestos en pie de igualdad nuestros esfuerzos con el macaneo ufológico.
Una linterna en el bosque
Esta sólo es una entrada para asentar en algún lado una metáfora que se me ocurrió mientras miraba una película de suspenso.
Por algún motivo que no acabé de entender la protagonista debía buscar una roca en un bosque que me recordó mucho al de Blair Witch. Debía hacerlo para seguir con vida luego de las 7.30 de la mañana siguiente. En el bosque sólo se veía lo que enfocaba el estrecho haz de una linterna, el resto era oscuridad y silencio, aterrador silencio. El corte entre la luz y la sombra era abrupto, como si se tratara de un láser pero de luz extremadamente blanca. La irrealidad de la imagen fue, quizá, lo que me llamó la atención he hizo que me perdiera en la metáfora que quiero comentar.
Es común leer que la verdad es imposible de alcanzar porque somos nosotros quienes construimos la realidad con nuestros prejuicios o, en todo caso, nuestra observación está sesgada por nuestros instrumentos conceptuales. En mi opinión, la cuestión de la búsqueda de la verdad se asemeja un poco a la aventura de la hermosa joven y su agónica búsqueda de la piedra mágica con la linterna.
Es cierto que sólo conoció aquellos lugares que enfocó con su luz, pero la rata muerta y el hormiguero que logró esquivar no fueron una construcción de la linterna o de su voluntad de enfocar hacia ese sector; estaban ahí antes que ella llegara y permanecieron luego que su atención se dirigió a otro lugar del tenebroso bosque.
En un momento la joven corrió con toda prisa porque creyó divisar la roca que le salvaría la vida; sin embargo, la misma luz que en un momento la había ilusionado ahora la desengañaba. A la protagonista de la historia no le hizo falta ningún instrumento nuevo para detectar su error, sólo un poco de pensamiento crítico para darse cuenta que la mole que tenía delante de sus ojos no era la que ella buscaba con desesperación. La forma -de una corona pequeña- era similar, pero debía ser de jade y no una simple piedra blanca, como la que la muchacha ahora acariciaba con sus lágrimas.
¿Y no es posible tener una linterna con luz verde? ¿No sería verde la piedra en tal caso? Claro que es posible. Y sí, la piedra sería verde, porque el color de una cosa depende de la luz con que se la enfoque. Si tiro del hilo de la metáfora, ¿no estoy reconociendo, entonces, que la realidad (la piedra) depende del marco conceptual con el que la miremos (la luz de la linterna)?. No, no lo estoy reconociendo, porque tirar del hilo hace que se corte. La metáfora deja de ser válida porque el color no es una propiedad de las piedras sino del sistema piedra-luz. En el caso del conocimiento, el hecho que dos marcos conceptuales arrojen resultados distintos sobre una misma realidad es una señal segura de que al menos uno de ellos está equivocado, no un indicador de que existen dos realidades.
Entonces ¿cuál de los marcos conceptuales es el acertado, si es que hay alguno? Es posible que con los datos que tenemos no lo podamos decidir y tengamos que esperar unos nuevos. En ciencia siempre pasa, se comparan dos teorías “rivales” con los resultados del experimento y se descarta la menos coincidente. Recordemos lo que decía Richard P. Feynman:
Si no concuerda con el experimento está mal. En esta sencilla afirmación está la clave de la ciencia. No importa cuán hermosa sea su especulación, no importa cuán inteligente sea usted, si no concuerda con el experimento está mal. Y eso es todo.
¿Qué hubiera ocurrido después de las 7.30 del día siguiente si la hermosa muchacha que buscaba la corona de jade hubiese tenido una linterna de luz verde y hubiese regresado al castillo con una piedra común y corriente en su bolsa? No me animo ni siquiera a imaginar ese final: Habría pagado con su vida el error. El hecho es que siempre es posible encontrar un nuevo método que nos indique el error ¡y no siempre es tan trágico! La muchacha de la pélícula finalmente… bueno, por todos es sabido que los finales de las películas de misterio no se cuentan.
El postmodernismo frente a la verdad, primer acercamiento
Dicen ellos, y creo que ahí tienen un punto, que el ser humano es limitado y que para comprender el mundo que lo rodea debe “hacer recortes” por lo que inevitablemente se colará la subjetividad.
Sin embargo, el mundo no es holístico, es decir, no todo evento incide de la misma forma en cada otro. La emisión de un fotón por un átomo en Andrómeda no influye de la misma manera en los bastones y conos de mi ojos que los fotones que emite la pantalla del monitor que ahora tengo encendido delante de mi.
Hacemos recortes, sí (es inevitable a nuestra acotación espacial e histórica), pero estos recortes no se hacen por cualquier lado y de cualquier manera. El recorte es verdadero porque la realidad está objetivamente recortada.
Es cierto que tenemos visiones parciales de la realidad, pero el error puede corregirse y la vedad, nunca definitiva, puede ir alcanzándose de forma paulatina.
Voy a dedicar alguna próxima entrada para circunscribir el concepto de verdad que, según Leibniz, las hay de dos tipos: de razón y de hecho. Pero eso para más adelante.
Lo que no tiene es remedio
Ya era tiempo de una nueva entrada. La verdad es que InfoCiencia me lleva casi todo el tiempo-blog, pero ya vendrán épocas en las que la sosegada meditación permita una participación más fluida. En esta me gustaría preparar el concepto de “verdad” como un instrumento genérico -un peine grueso- para hacer las primeras distinciones dentro del mundo intelectual.
Para descubrir quién es quién existen criterios como la escritura latosa falsamente erudita, o textos que nos ahogan en mares de citas (por lo general de autoridad), pero me parece que tales criterios no cubren todo el abanico de pensadores. Derrida es un ejemplo pero, en contraste, Rorty o Geertz tienen escrituras claras.
La opción del desprecio o la indiferencia que tienen los postmodernos por la verdad es una característica que los reúne eficazmente. En lo poco que he leído (y sí, uno es humano y se irrita ante tanta sandez), parecen coincidir en que creen que, o bien la verdad es inalcanzable, o bien no tiene sentido alcanzarla para forjar el conocimiento.
El objetivo, entonces, es ver qué actitud toman los intelectuales frente a la verdad y separar aquellos que la desprecian de quienes la reverencian. Hecho esto, queda la parte más interesante: comprobar que los vínculos establecidos entre los del primer grupo (mediante citas, por ejemplo) son más numerosos que los establecidos entre ellos y los del segundo grupo (lo mismo puede hacerse, por supuesto, en el sentido inverso).
Si descubro tal inhomogeneidad, lo que habré descubierto es la formación de comunidades distintas, nada más, pero estaré seguro de eso -que ser científico es distinto de ser postmoderno-. Si no logro descubrir tales comunidades, bueno, mala suerte. Tal vez la técnica estuvo mal aplicada o quizá el criterio de separar por amor a la verdad no es un criterio relevante dentro de la comunidad propuesta.
Pero no sólo en la ciencia existe el amor por la verdad. También para el hombre de la calle en sus asuntos inmediatos el respeto por la verdad es supremo. Corregimos errores, huimos de los mentirosos, despreciamos a los corruptos. En nuestras vidas la verdad existe, tiene sentido y mucho valor. Así que es posible que al descubrirle una estructura a la sociedad respecto de la verdad estemos descubriendo que, en realidad, el postmodernismo es una comunidad que vive en un castillo de cristal; pero eso, por ahora, es un prejuicio.